Sinopsis Social. La Anarquía, la Federación y el Colectivismo

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Sinopsis Social. La Anarquía, la Federación y el Colectivismo

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Sinopsis Social. La Anarquía, la Federación y el Colectivismo

 

Así como la materia es sustancialmente la misma en todo el universo y adquiere, no obstante, formas diversas al manifestarse por las determinaciones de la fuerza que en ella reside; así como la inteligencia es igual en calidad para todos los hombres y varía sin embargo en cantidad por los conocimientos adquiridos; así como la ciencia es en principio una e idéntica y cambia a pesar de esto y adopta diferentes formas y modos distintos según el objeto o materia a que se aplica, así la política es una e igual en substancia, en calidad, en principio y varía tan solo y toma diversas formas al manifestarse en la realidad de las relaciones sociales.

Desde el absolutista intransigente hasta el socialista que desea modificar la organización social por el poder y la autoridad, todos representan modalidades de una misma idea, el principio de gobierno.

Del mismo modo la idea madre de todas las religiones es la existencia de Dios.

Discutir, pues, si este Dios es mejor que aquél, si Buda es mejor o peor que Cristo, si Mahoma es preferible a Moisés, y Confucio a Zoroastro; si el deísmo es más aceptable que el politeísmo o el panteísmo, equivale a disputar por sí la monarquía es mejor que la república, el federalismo republicano preferible a la centralización y el individualismo más o menos bueno que el socialismo del Estado.

Para nosotros Dios es en esencia el mismo cualquiera que sea la religión que lo presente; el Estado sustancialmente uno cualquiera que sea el concepto político que lo afirme. Por eso no discutimos ni en religión ni en política sus diversas manifestaciones, sino la religión y la política mismas. Negamos a Dios y negamos al Estado; ¿Por qué?

Negamos a Dios por que la razón humana repugna admitir lo indemostrado e indemostrable; porque la razón no puede aceptar la existencia de un ser ultramundano, trascendente, extraño al universo mismo; porque Dios es lo absoluto, y lo absoluto es como la nada, que solo se determina por la existencia de algo, porque es una simple idea deducida del conocimiento de lo relativo; lo negamos porque representa en último término la negación de la libertad humana, y en tanto esta es un hecho evidente, irrefutable, que surge de la naturaleza misma, imponiéndose a cuanto le rodea, aquella otra idea, la de Dios, se produce solamente de un modo artificioso, fuera de la naturaleza y de la realidad de las cosas; lo negamos, en fin, porque Dios y Hombre son antagónicos, no pueden coexistir juntamente, se destruyen, y entre Dios y el hombre decimos con Bakunin, “si Dios existiera sería preciso abolirlo.”

Negamos el Estado porque él encarna el principio de autoridad humana del mismo modo que Dios es la representación de la autoridad divina.

Hallando en el hombre todos los elementos propios para su desenvolvimiento por la libertad, negamos el Estado, que pretende poseer lo que el hombre no posee y facilitar su desenvolvimiento por la autoridad.

La autoridad se encarna en el gobierno cualquiera que sea el concepto político que la sirva de fundamento, y por esto al negar la autoridad, negamos naturalmente el gobierno y la política.

¿Qué es sino el gobierno? En resumen el mejor derecho de los más sobre los menos para dar a los pueblos una regla y una legislación determinada. De hecho, la supremacía, el privilegio de un grupo de hombres, más o menos grande, para gobernar al mundo conforme a sus opiniones particulares.

¿Necesita el hombre de la supremacía de unos pocos, de estas reglas particulares, de esta superioridad o autoridad de los más para vivir y desenvolverse conforme a sus facultades naturales?

No sólo no necesita de nada de esto, sino que, por el contrario, vive en pugna constante, en rebelión permanente contra todas las trabas gubernativas que limitan su derecho para producirse libremente. Este es un hecho de experiencia que todo el mundo puede observar.

Se supone finalmente que la autoridad es necesaria para resolver los conflictos que surjan entre las diversas personalidades, ya individuales, ya colectivas, al usar de esa libertad natural que en ellas reside de hecho en lucha constante con todo lo que tiende a limitarla.

Pero la autoridad, ¿Resuelve realmente esos conflictos? En manera alguna.

La autoridad ordena un estado de derecho, pero a espalda suya queda siempre un estado de hecho que lo niega. El conflicto se resuelve en apariencia, en la superficie, pero en el fondo continúa en pie latente y poderoso.

Supongamos más; supongamos que la autoridad resuelve francamente esos conflictos, e inmediatamente veremos que sólo los resuelve esclavizando, anulando a una de las partes, destruyendo la Justicia que se reduce en tales casos a la conservación de la libertad de los contendientes, al respeto del derecho de ambos para desenvolverse sin estorbarse.

La autoridad, el gobierno supone una voluntad justa, una intención recta, un propósito sabio, y todos sabemos que si estas cualidades existieran en un gobierno de hombres, no sería tal, sino un gobierno de ángeles.

Sabemos más, y es que una voluntad justa reside generalmente en el hombre fuera de toda tutela gubernamental, que una intención recta guía siempre al hombre en sus relaciones con los demás, que un propósito relativamente sabio anima a todos al ponerse en comunicación mutua, al asociarse, al contratar para un fin determinado. La autoridad existe sólo para el caso excepcional: las leyes así lo hacen creer.

Pero ni esto es verdad prácticamente ni que lo fuera tendría más razón de ser.

El hombre nace con un derecho indiscutible a la vida, al trabajo, al cambio, al consumo, al goce, en fin. Delegar en otro para que le gobierne equivale a reconocerse impotente para gobernarse, y esto es precisamente lo que hay que probar.

Sin embargo, pasemos sin esa prueba; si el hombre es incapaz de gobernarse, es inútil buscar quien le gobierne; todos son de igual modo incapaces, ya considerados individualmente, ya en esa masa.

El hombre es, pues, libre y su libertad es ilegislable: él debe ser su propio gobierno. Tal es la razón de la anarquía. El hombre se manifiesta de dos modos: en su vida particular y en la de relación social.

En ninguno de estos dos casos necesita de la autoridad; le basta con la suya propia. Es tan cierto esto que principalmente en su vida particular, que es casi toda su vida, no sólo se pasa sin las leyes sino que las quebranta constantemente. Si en su vida de relación no hace lo mismo, es porque la fuerza le obliga a otra cosa, y sin embargo ¡Cuán tremenda es la lucha!

Deduciendo de estos hechos prácticos y de la naturaleza misma del ser humano las consecuencias obligadas, resulta que la sociedad puede pasarse sin gobierno.

La anarquía es la traducción griega de este concepto terminante: sin gobierno.

No hay, pues, que buscar fórmulas para la libertad; ella las rechaza. El hombre la posee en toda su integridad y de ella usa como mejor le place.

Pero la libertad individual y colectiva, diréis, traspasa los límites de la vida privada y entra siempre en la vida de relación. ¡La autoridad es necesaria!

Nada de esto. La vida de relación es la misma vida individual que se exterioriza, y legislar sobre ella es legislar sobre lo que es exclusivamente


privativo del individuo. Si queréis, pues, al hombre libre en lo que es particular, admitidlo libre también en lo que es de relación.

El hombre libre no necesita más que del contrato para vivir en sociedad, no de la ley: contrato del momento para un objeto dado: ahí todo. Su libertad ha de quedar siempre a salvo, y es en nombre de esa misma libertad que puede o no contratar. ¡Dejadle que obre como bien le parezca! Obligarle es inútil; se burlará o se rebelará contra la imposición.

La anarquía es por otro nombre la libertad. El abuso de esta segunda palabra a hecho adoptar la primera, más enérgica, más clara, dada la confusión de ideas producida por los sistemas políticos.

Si, pues, la anarquía no es más que la libertad en acción ¿Por qué asustaros?

¿Queréis ser libres? Pues no lo conseguiréis mientras afirméis la autoridad y el gobierno. Estas mismas palabras están pugnando con la de libertad; son antitéticas, diametralmente opuestas.

La anarquía supone el libre funcionamiento de los individuos y de las colectividades de los pueblos y de las naciones; funcionamiento espontáneo, ajeno a toda regla, a toda ley que no resida en ellos mismos como parte integrante de la naturaleza que por ella se rige.

La relación de las funciones constituye lo que se llama vida social y en ella la armonía resulta necesariamente de la mutua autoridad que en cada uno reside para contratar, para producir, consumir, cambiar y gozar.

El gobierno supone por el contrario una perturbación en esa relación de funciones, perturbación para la libertad de unos y otros, porque impone aún aquello mismo que se desea ejecutar y este deseo hace completamente innecesario el mandato.

Si por un momento hacemos abstracción del orden político actual, observaremos que en el hogar o en la calle, en el trabajo o en las relaciones sociales, obramos completamente con arreglo a nuestros designios, sin acordarnos de las leyes, aún conociéndolas, sin cuidarnos de la autoridad, aún a ciencia cierta de que existe. Vamos y venimos, nos movemos, contratamos a cada momento con el comerciante, con el industrial, con el amigo, con cualquiera en fin, sin el menor inconveniente, sin el menor tropiezo; obramos, en conclusión, libremente como si tal gobierno, autoridad y Estado no existieran. Es más; cuando tenemos que salir de las cosas corrientes y nos vemos obligados a acudir a un notario por la naturaleza del contrato, a un abogado por la del pleito, o a una autoridad por la del asunto que hasta ella nos lleve, parece como que despertamos de un sueño y acudimos, protestando de la molestia y de la violencia, al notario, al abogado o a la autoridad en cuestión. ¡Cuánto no daríamos entonces por resolver el asunto sin estos molestos trámites!

Generalizar esto mismo que en la evolución social se está verificando, romper las trabas que impiden que la generalización se verifique, anular la presión que en todos sentidos se ejerce sobre el hombre, devolverle a la libertad y reintegrarle en sus derechos, tal es nuestro ideal, tal es la anarquía.

Diréis aún que siempre existirá la autoridad moral que surge al momento de entrar dos hombres en relación, que nunca acabaremos con la autoridad del inteligente sobre el ignorante.

Enhorabuena. Nosotros tratamos de la autoridad creada, de la autoridad artificial y artificiosa del hombre sobre el hombre. La autoridad moral, aparte de su carácter inestable, no es un asunto de la jurisdicción social sino de la


individual. Devueltos todos los hombres a la libertad, que cada uno cuide de no someterse a una autoridad moral si así lo cree conveniente. La sociedad no puede ir más allá: destruir e impedir todo poder real, de derecho y de hecho, es su misión. La autoridad moral que resulta de las relaciones de dos hombres o más, no podrá nunca llegar a constituirse en un poder ni de hecho ni de derecho.

La autoridad del inteligente sobre el ignorante es también una simple relación que escapa al dominio de la sociedad. Tiene además una forma o naturaleza mucho más inestable que la autoridad moral. Un hombre que se dedica a la fabricación de sombreros tiene indudablemente más autoridad en esta industria que el que construye relojes. Pero éste a su vez se encuentra en la relación inversa con aquel en cuanto a su arte especial, la relojería. Lo mismo ocurre con el hombre de ciencia. De esa serie infinita de competencias y autoridades no hay para que dar solución. Hoy mismo sin perturbaciones se mueven todas en su esfera de acción propia.

Por otra parte a medida que la educación sea más completa y la instrucción más enciclopédica, esas influencias sociales e intelectuales, esa especie de autoridad espontánea se limitará más y más reduciéndose en último término a una cuestión de modestia y cortesía social.

La anarquía es, por tanto, la solución más perfecta de la ciencia sociológica.

Convertid las funciones de la autoridad en simples funciones administrativas y tendréis una idea aproximada de nuestro sistema social y político.

Vuestros tenedores de libros os administran perfectamente y, sin embargo, no os gobiernan. Os prestan un servicio a cambio de otro u otros servicios. He ahí todo.

Pues bien; nuestros administradores han de ser como vuestros tenedores de libros. Obreros que nos prestan el servicio de llevar la contabilidad de la cosa pública a cambio de aquéllos otros servicios que nosotros debamos prestarles.

La ley quedará de hecho suprimida. El contrato como ya hemos dicho, vendrá a sustituirla lógicamente.

La sociedad de los contratos es, pues, la sociedad del porvenir; así como nosotros constituimos hoy la sociedad de las leyes, en el presente, y nuestros antepasados constituyeron la sociedad de los mandatos absolutos o del capricho personal en tiempos remotos.

El tercer período de la humanidad pertenece a la Anarquía.

Como hemos visto el contrato es el principio constitutivo en una sociedad libre. Quien dice contrato dice federación y allí donde la federación exista, el poder y la autoridad son imposibles383. Y son imposibles, porque aquel principio supone en las entidades contratantes la libertad completa, la libertad sin falseamientos por la condición económica de cada uno, y allí donde no haya una razón positiva y terminante para que el hombre abdique o renuncie a sus derechos, la abdicación, la renuncia, no se verifica jamás.

Hoy mismo los hombres libres - en la forma que esto es hacedero al presente - no renuncian por ningún concepto a la libertad. El esclavo económico, el obrero asalariado es quien en toda ocasión y lugar renuncia a fortiori a sus derechos, porque sin esa renuncia la vida le sería imposible, porque sin esa abdicación no podría ni aún llevarse un pedazo de pan a la boca.

383 Hablamos de la federación en el supuesto de que previamente se haya establecido la igualdad de condiciones económicas para que el pacto federativo pueda ser verdaderamente libre.

La federación es un principio anarquista, es la anarquía misma o su complemento.

El carácter antinómico del problema social y político ha dado origen a este principio fecundo que ha venido a poner término a las luchas del individualismo y del socialismo.

El individualismo, afirmando uno de los términos de la antinomia, abandonaba al hombre a sus propias fuerzas y lo lanzaba a la lucha feroz del egoísmo a la vez que lo erigía al parecer en su propio rey y en su propio Dios. De él han nacido, sin embargo, todas las tiranías, el sistema constitucional inclusive.

El socialismo; afirmando por su parte el término opuesto, entregaba al hombre a la sociedad como si entregara un niño a su madre y borraba de la naturaleza la existencia individual. Veía en el hombre una simple rueda del gran mecanismo social y no comprendía su movimiento sin el impulso del todo. Del socialismo ha nacido otra serie de tiranías no menos terribles que las del individualismo.

Estas dos tendencias no han existido jamás en toda su pureza, a pesar de todo. En pleno individualismo vemos hoy al Estado reivindicando para sí la mejor parte del botín. Si el socialismo -hablo del socialismo de cátedra, del Estado- existiera, lo veríamos igualmente haciendo concesiones al individualismo. Leed a los maestros del dogma y os convenceréis de ello.

Más ¿dónde está la razón de tal fenómeno? En que los dos modos de producirse el ser humano coexisten en la naturaleza sin destruirse. Y lo que en la naturaleza existe son siempre leyes que se equilibran, que se armonizan, y pretender suprimir una de la serie tan solo equivale a perturbar, a aniquilar la naturaleza misma.

Así el principio federativo, que es el principio de la anarquía, de la libertad, armonizando esas dos tendencias reales, la individual y la social, ha venido a resolver el problema definitivamente. Vio a un lado intereses individuales y leyes que los determinan; vio al otro intereses sociales o generales y leyes que los determinan también; y comprendió desde luego que a estas dos naturalezas, al parecer opuestas, correspondían dos esferas de acción propias; afirmó la autonomía, la libertad para cada uno, erigiendo en soberano al individuo, soberano de sí mismo, y en soberana también a la colectividad. De estas dos soberanías hasta entonces en lucha, surgió la harmonía al surgir la idea de contrato. No pudiendo la colectividad regir al individuo ni este constituirse en soberano de aquella, se vio clara y terminante la necesidad de la Anarquía. Tal es el proceso de la ciencia al afirmar como principio constitutivo la federación.

La autonomía que reside en cada persona humana o social, queda garantida en este sistema.

Contratan los individuos y forman el primer grupo en el orden moral, la familia, el primer grupo en el orden político el municipio; el primer grupo en el orden económico, el oficio. La federación los liga y a pesar de ligarlos, la familia constituye un verdadero estado independiente, el municipio una administración autónoma, y el oficio una entidad sintética y libre, una potencia de la producción. Y así como contratan los individuos, que son las unidades simples de la aritmética social, contratan también las asociaciones, las familias, los municipios y los oficios, que son las unidades compuestas o colectivas de aquella misma ciencia. Contratan los municipios y constituyen grupos de pueblos asociados para un mismo fin; contratan los oficios y fundan


asociaciones de producción y cambio y consumo; contratan, en fin, las colectividades más elementales de la sociedad y organizan así colectividades menos simples, más generales. Y procediendo de este modo, apelando únicamente a la libertad como instrumento indispensable para la realización de todos los fines humanos, se llega hasta la federación universal de todos los hombres y de todas las asociaciones en sus dos aspectos positivos, económico el uno, político el otro o social.

De este modo la teoría del gobierno queda anulada, porque reconocida la autonomía de la personalidad humana y de los organismos colectivos, la vida de relación se reduce a simples transacciones que hoy mismo no necesitan del gobierno para nada: el contrato las regula. Cuando dos amigos se disponen a dar un paseo, emprender una obra o consagrarse a una empresa cualquiera, lo hacen fuera de la ley, sin necesidad del gobierno; tácita o expresamente contratan, pactan, que a esto se reduce en último término todo acuerdo entre dos o más individuos. Así nosotros, por ejemplo, creamos un periódico, y sin necesidad de un tercero en discordia que nos dicte leyes, el periódico se publica y su administración y su redacción se desenvuelven perfectamente sin otra norma que la libertad. Pues en este hecho no hay más que un contrato libérrimo en el que nuestra autonomía queda a salvo, nuestros derechos completamente garantidos.

Si surge por acaso un conflicto entre aquellos dos amigos o entre nosotros mismos, la libertad lo resuelve. Cada uno, dueño de sí mismo, puede abandonar un propósito, una obra o una empresa; su libertad es absoluta, el contrato no le obliga a más de lo que él quiera obligarse. El principio de autoridad, el gobierno, ingiriéndose en tales asuntos produciría una perturbación. La libertad, la anarquía, por el contrario, crea el orden.

La idea del contrato, o lo que es lo mismo, el principio federativo es por lo tanto el principio de la libertad, de la anarquía o si se quiere el complemento necesario de ésta. Negar el principio federativo, o el contrato, equivale a negar la anarquía.

De cualquier modo que sea, para que dos hombres realicen de común acuerdo un propósito cualquiera, el contrato se impone porque es un procedimiento que la misma naturaleza nos suministra y que aún sin darnos cuenta de ello practicamos a cada paso.

Sea o no escrito, el contrato existe, porque la misma transacción, las relaciones mismas lo constituyen, no el papel o pergamino en que se escribe.

He ahí como al principio de gobierno lo sustituye la idea, el principio del contrato federativo, la libertad.

El hombre, ser esencialmente libre, no necesita para nada del gobierno, de la autoridad. Tanto en su vida íntima como en la de relación es soberano de sí mismo, rey absoluto de sus destinos.

La libertad, es, pues, el orden. La autoridad, una perturbación en las relaciones humanas.

¿Qué necesita el hombre para ser libre?

He ahí la formidable interrogación que se hace nuestro pensamiento tan pronto como ha afirmado la libertad y he ahí también la gran cuestión de las cuestiones, el pavoroso problema de todas las edades.

Contestaremos resueltamente: el hombre para ser libre necesita de la propiedad.

Tal vez una exclamación de sorpresa salga de los labios de nuestros lectores al escuchar ésta, al parecer, herejía socialista; pero no hay para que sorprenderse. Procuraremos demostrar nuestra proposición.

Todo el fondo de la cuestión social se reduce a reivindicar la propiedad hoy detentada por los acaparadores y privilegiados. La Revolución, de hecho, no es más que esto: devolver a todos la propiedad de su trabajo. Cada obrero que protesta y reclama, cada socialista que fulmina sus anatemas contra lo existente, cada revolucionario que lucha heroicamente por las nuevas ideas, cada uno y todos a la vez no hacen otra cosa sino batallar porque su producto, su trabajo no sea robado por nadie. El principio de la reforma, excepción hecha de las parcialidades doctrinales no es más que eso.

Por intuición las masas ven más claro en este asunto, como en todos, que las más firmes inteligencias. La Justicia para ellas no va más allá: déjame mi propiedad, piensa, y seré libre; mi propiedad y mi libertad es todo lo que necesito para desenvolverme por mí mismo.

El hombre libre quiere tener dominio absoluto sobre lo suyo, y este suyo lo considera en el orden moral, en el intelectual y en el físico. Sólo así se considera verdaderamente libre. Si no puede disponer como guste de sus pensamientos, de sus sentimientos y de sus obras, no puede decirse que sea libre: una fuerza extraña interponiéndose entre el sujeto y el objeto, anularía la libertad. El sujeto es el hombre, el objeto la propiedad; y la solución de este dualismo natural, el hombre y la propiedad en la unidad lógica, filosófica del ser social en la plenitud de todas sus facultades.

Cuando el hombre ama, ama por la posesión del ser amado; cuando el hombre trabaja, lo hace por la posesión de su producto; cuando el hombre estudia es que anhela la posesión de la ciencia. Lo mismo ocurre en la mujer. Sólo poseyéndose uno y otra, el amor llega a su apoteosis, la pareja conyugal. Del mismo modo se identifican y poseen el hombre y el producto, el estudiante y la ciencia, confudiéndose en la síntesis de la función física y la función intelectual.

Si el hombre moralmente no puede poseer y ser poseído, si no puede físicamente poseer su trabajo, y ser poseído por su trabajo si no puede apoderarse de la ciencia y la ciencia de él, su libertad queda limitada, estamos por decir, negada.

En estos tres modos de poseer está comprendida toda la vida del hombre, física, moral e intelectual.

El amor le hace dueño del ser amado, la producción del objeto producido, el estudio de los conocimientos adquiridos; su libertad es omnímoda. Que los enamorados resuelvan sus conflictos y diferencias como soberanos, que el productor y la producción se regulen como quieran; que el estudiante y lo estudiado se comuniquen ampliamente. El hombre ante todo es un ser libre, soberano de sí mismo, que rechaza toda imposición y así es como únicamente puede serlo.

La propiedad, en su triple manifestación, es la condición primera de la libertad.

Todavía os asombraréis. El hombre propietario de la mujer, la mujer propietaria del hombre, diréis, ¡horror!

No deis nunca a las palabras más valor del que pueden tener. Dos seres que se aman se poseen, y contra este hecho natural nadie puede ir más que los fanáticos que, suprimiendo las palabras, creen suprimir los hechos. Un hombre y una mujer que se amen se creerán siempre el uno del otro, se poseerán moralmente, en el orden de los sentimientos, nunca en aquel otro que les reduzca a cosas apropiables. Aquí la propiedad no es sino una reciprocidad de


 

afectos y quien dice reciprocidad, dice principio de la Justicia; reciprocidad por otra parte, libérrima, que no hay ni habrá jamás fuerza capaz de destruir.

Así pues, nuestro argumento queda en pié sin motivos de asombro, que quien de palabras se asusta no muestra tener muy levantadas ideas de las cosas.384

Lo repetiremos una y mil veces. La propiedad es lo que el hombre necesita para ser libre. Si no puede disponer como guste de sus pensamientos, de sus sentimientos y de sus obras, no puede decirse que sea libre. El principio de la anarquía no puede declararle libre en cuanto a sus pensamientos y sus sentimientos y robarle a la vez la libertad de disponer como quiera de sus obras, so pena de caer en la esclavitud económica.

Reflexionar sobre lo dicho y estamos seguros de que no podréis afirmar lo contrario.

Pero y bien, diréis aún, ¿y cómo hacer a todos los hombres propietarios?

Este es el verdadero problema de la ciencia social. Veamos de resolverle.

De hecho todas las escuelas sociológicas han conocido la necesidad de la propiedad para el hombre libre. Aún el mismo comunismo no puede evitar la apropiación individual, bien así como el individualismo no ha podido jamás evitar la intrusión del comunismo en las sociedades por aquel otro principio constituidas.

Así, pues, las dos escuelas compenetran en el fondo, aunque en la forma se aparten radicalmente, tanto que ellas constituyen los dos términos opuestos de una antinomia. Resolver esta antinomia es resolver el problema de la propiedad. El sistema individualista ha pretendido hacer a todos propietarios mediante la circulación de la propiedad, cosa que evidentemente no ha conseguido porque su resultado inmediato ha sido lógicamente el acaparamiento y la explotación. Ha recurrido por otra parte a la ficción de la renta, suponiendo que ésta representaba la remuneración que el propietario daba a la sociedad por la cesión temporal de la cosa poseída, pero la renta ha venido a constituir, por el contrario, la recompensa concedida al propietario por la apropiación de la cosa poseída. El individualismo ha venido así ha establecer la propiedad como privilegio de unos pocos en detrimento de los más. Ha hecho libre a el propietario; esclavo al jornalero, al no propietario, puesto que hasta su trabajo no le pertenece sino que se le paga un servicio mediante el salario, que no representa un derecho, sino una gracia que el hombre libre concede al esclavo.

No ha bastado que la economía política haya pretendido justificar por diversos medios el sistema individualista: sus esfuerzos se han estrellado siempre y de un modo inevitable ante la tremenda cuestión de origen. El comunismo de la tierra y como consecuencia el de los demás instrumentos del trabajo se oponía tenazmente a la irracional invasión del individualismo. Ni la ocupación ni la fuerza, ni la astucia, únicas razones de la propiedad individual, han satisfecho jamás al pensamiento humano ni le satisfarán seguramente.

Hoy el sistema individualista de la propiedad es absurdo para la inmensa mayoría de los hombres, y los mismos que a la ciencia se dedican no lo admiten sino con grandes reservas. Moralmente está muerto. Su muerte civil

384 Bien se comprende que al hablar de propiedad nos referimos especialmente a la del trabajo, o sea la posesión libérrima de los productos elaborados individual o colectivamente.

En cuanto al modo actual de poseer excusamos significar ahora nuestra oposición porque nadie que se precie de socialista-revolucionario puede admitir la apropiación privada de lo que por naturaleza corresponde a todos los hombres.


 

no puede tardar mucho. El mismo desarrollo industrial la hace inevitable porque las lumbreras de la economía ya no alumbran, no producen luz ante esta tenebrosa catástrofe que se acerca a pasos de gigante.

El comunismo, el eterno enemigo de la propiedad, se ha levantado en todas las ocasiones y se levanta hoy mismo como la protesta viva, permanente, contra el concepto de lo tuyo y lo m’o. Su punto de mira, no es el individuo, es la humanidad. Su principio no es el derecho, es el sentimiento. El comunismo ayer, hoy y mañana es esencialmente el mismo, sus principios filosóficos, sus razones, sus fundamentos, sus consecuencias, son idénticas. No hay diferencia sustancial.

El comunismo ha pasado por todos los grados de la utopía societaria, del ideal del Estado, para concluir en la aspiración moderna del anarquismo. El comunismo cambia entonces en la forma de establecerse y organizarse, no así en el modo de ser, en su esencia como principio económico. Nosotros desearíamos que alguien nos probase lo contrario, que alguien nos demostrase que los fundamentos de la aspiración económica de la comunidad no son los mismos en la antigüedad y en la edad moderna.

La comunidad a pesar de esta serie de adaptaciones no decide el problema. Los mismos pueblos se muestran reacios a admitirla, no obstante su sencillez; sus filósofos no aciertan, pese a su entusiasmo, a demostrar su validez científica, y ruedan por el campo de las hipótesis sin rumbo fijo; son buenos para negar, para destruir; inseguros en la reconstrucción. Ellos consideran a la humanidad como una gran máquina de la cual el individuo es una simple rueda, y en esto fundan sus principales argumentos. Mas si así fuera, el hombre carecería de libertad. La rueda no obra si no cuando el todo se mueve, no obedece si no al impulso del mecanismo entero, y si esto pudiera aplicarse al hombre, su libertad sería un mito porque jamás tendría actos espontáneos, libres, sino determinados por una fuerza extraña por la potencia de la gran máquina, la humanidad.

Pero he aquí que los anarquistas afirmamos por el contrario, que la sociedad no es sino el resultado de todas las obras individuales, que el ser colectivo sólo tienen realidad mediante el impulso particular y propio del individuo, que le hombre libre, en fin, se mueve por sí mismo, obra por su propia cuenta, y de su movimiento unido a otros movimientos juntamente con otros actos particulares también, y de sus actos individuales, se producen el movimiento y las obras colectivas, humanas, sociales.

¿Cómo armonizar el comunismo con la libertad, con la anarquía?

Pero no basta esto. El comunismo considera a la humanidad como un gran organismo como un gran cuerpo cuyos miembros somos todos los hombres, un gran cuerpo de millones de brazos de lenguas y de cerebros, y encuentra en la semejanza del organismo humano esa tremenda ficción de su intelecto, la humanidad, la razón suprema de la solidaridad universal y por ende el principio comunista.

Más ¿Hay tal semejanza entre el organismo individual y el de la sociedad? En manera alguna. Nuestros brazos, nuestras lenguas, nuestros miembros todos no piensan, no tienen conciencia de sus actos. Los brazos, los miembros de la humanidad, los hombres, en fin, piensan, reflexionan, obran conscientemente, y si bien en muchas ocasiones ceden y obedecen el impulso general, otras y no pocas se rebelan, se insurreccionan, se sobreponen a ese impulso mismo y van heroicamente contra la impetuosa corriente del número. Son hombres y


son libres. No son ni la rueda ciega del gran mecanismo ni el brazo material que carece de conciencia y de pensamiento.

Esto dice la razón y la ciencia contra el comunismo sentimental, contra el comunismo que rechaza la filosofía y el derecho.

Veamos algo de lo que dice el comunismo que filósofa y busca un auxiliar en la ciencia.

Su afirmación fundamental, aún apelando a la economía, no deja por eso de ser en el fondo idéntica a las que dejamos refutadas.

El comunismo científico dice: “puesto que el hombre no produce nada por sí solo, puesto que todo lo hace con el concurso de la humanidad entera a la humanidad pertenecen, no exclusivamente los instrumentos del trabajo, sino también sus productos.”

Como se ve aquí surge otra vez el gran productor, el trabajador anónimo, la humanidad.

Donde no hay más que una serie de concursos individuales que se resuelven fácilmente por la asociación espontánea y la cooperación voluntaria, el comunismo no ve más que el gran brazo, el atlético esfuerzo del ente colectivo, la humanidad.

Donde el comunismo ve el concurso ficticio de la humanidad, nosotros vemos con la razón y con la realidad el concurso, la cooperación de individuos libres, cooperación y concurso que desaparece cuando la voluntad se niega a él, cooperación a que da vida la libertad personal, que la determina por el contrato espontáneo, jamás por la potencia seria de una fuerza mecánica.

Ni el hombre ni la humanidad producen nada sin el concurso de la naturaleza. El hombre no produce nada, no produce en el más lato sentido de la palabra, no crea en fin. El hombre, por medio del trabajo, hace sufrir infinitas transformaciones a los elementos o materia prima que la naturaleza le suministra o aplica universales leyes del mundo físico, moral e intelectual. Donde decimos, pues, producir, deberíamos decir transformar o aplicar. Todos sus productos son meras transformaciones o aplicaciones. Busca el mineral en el subsuelo y lo transforma en hierro, en cobre, en plata, en oro. Adquiere el hierro, el cobre y la plata o el oro y lo transforma en máquinas y en joyas. Pide al suelo sus productos aplicables a la industria y los transforma en paños y en telas. Adquiere éstas y las cambia en trajes confortables, en ropas elegantes. Pide a la naturaleza sus leyes y las aplica a la mecánica y a la construcción. Lo que allí se llama producto, aquí se llama invento. Sin embargo en el primer caso el hombre no hace más que una transformación y en el segundo una aplicación. Transformar y aplicar es, si queréis, producir.

Pues bien, esas transformaciones y aplicaciones son ante todo y sobretodo esencialmente individuales y así es como el individuo tiene pleno derecho a su trabajo. Si por la división de éste y el gran progreso de las ciencias y de las artes, el hombre no puede ser una enciclopedia, puede en cambio ser el elemento constitutivo y voluntario de las personalidades colectivas. No sostendréis que éstas se forman también a impulsos de la fuerza titánica de la humanidad. Son simplemente el resultado de mutuos convenios entre seres libres, son el fruto del contrato entre individuos autónomos que a los fines de la división del trabajo o por la división misma, proceden a su organización, a la organización del trabajo que viene a resolver plenamente la antinomia de las personalidades individuales y las personalidades colectivas.

Organizados o no los hombres siempre verifican al trabajar una aplicación o


transformación particular, personal, y a esta transformación o aplicación -trabajo individual- su derecho es indiscutible, su propiedad invulnerable.

Por esto mismo sin duda el comunismo que es tan antiguo como el mundo, no llega a imponerse jamás porque lleva en sí la negación de lo que el hombre necesita para ser libre, la propiedad.

Determinada la aspiración comunista por oposición al sistema de propiedad individual, no comprende más que uno de los términos de la cuestión y va más allá de la naturaleza misma a semejanza de lo hecho hasta el día por el individualismo.

Si la comunidad hubiera tenido de su parte la fuerza, hoy la revolución tendría que realizarse contra la sociedad comunista.

La raza humana, por la sola razón de que piensa, tiene más tendencia a individualizarse que a confundirse en la comunidad.

El individualismo la ha conducido no obstante, a la aberración de la insolidaridad y la barbarie moderna. El comunismo la conducirá a la limosna disfrazada y a la anulación.

Tal es el estado del problema.

Es necesario que la ciencia social, conforme a sus modernos principios, resuelva el problema de la propiedad. Es indispensable que esta nueva idea, la idea anarquista -nacida en el seno del socialismo legendario para venir casi a negarlo por la afirmación de la libertad- encuentre una solución a la antinomia propietaria conforme a su base fundamental, el libre funcionamiento de todas las facultades así individuales como colectivas.

Pasaron los tiempos en que la sensiblería socialista todo lo esperaba de la madre sociedad y todo a ella se lo exigía. Pasaron los tiempos en que la revolución era un simple sentimiento en que se declamaba cómicamente contra el individualismo frente a frente del poder supremo del Estado o de la sociedad, su representada. Pasaron los tiempos en que el socialismo y la revolución no tenían más filosofía que la del corazón, ni más derecho ni más justicia que la del amor universal.

Todos estos conceptos, todas estas ideas no quedan entre nosotros más que como un resto de lo que fue para no volver a ser, como un residuo que señala nuestro origen remoto.

Hoy la revolución tiene su filosofía racional, tienen su derecho, tiene su justicia. Ha entrado de lleno en el período de la madurez y es inútil volver la vista atrás. El hombre ya no pide a la sociedad lo que no debe ni puede pedirle. La sociedad no es para él la madre cariñosa obligada por deber a satisfacer todas sus necesidades. Sabe que todo ha de esperarlo de su propia actividad y de aquellos que quieran asociársele. La libertad le basta dentro de la igualdad de condiciones, para poder prescindir de un ser que solo su voluntad determina, la sociedad. Esta es su obra y es su obra necesaria para suplir su deficiencia individual. No es ya la madre de quien el hombre proviene: este concepto ha muerto al morir la idea del Estado y en su lugar no queda más que el individuo libre para constituir sociedades libres también.

El hombre tiene derecho a satisfacer todas sus necesidades, pero a satisfacerlas por sí mismo, por el acertado empleo de todas sus fuerzas y aptitudes, por su trabajo, en fin. Así mismo, pues, ha de pedir esta satisfacción, no a la sociedad o al Estado. Si no se basta a así mismo que se asocie, que busque el suplemento a su incapacidad dentro de organismos libres de cooperación, de crédito, de cambio, de seguridad. Esto es todo. ¡La libertad,


siempre la libertad!

Si el individualismo ha arrojado al hombre a la rapiña y a la insolidaridad, el comunismo le empujará a la tutela, a la negación de sí propio y le convierte en un simple instrumento de la sociedad o del Estado, dos cosas idénticas con nombres distintos.

¡En nombre de la libertad rechazamos el comunismo! ¡En nombre de la solidaridad rechazamos el individualismo! Tal es nuestro punto de vista.

La libertad y la solidaridad bastan para resolver el problema. De aquí la escuela colectivista.

Bien sabemos que el colectivismo no es en todas partes idéntico. No ignoramos que hay escuelas autoritarias que sustentan una idea económica semejante a la nuestra y aun que la bautizan con el mismo nombre. Pero esto importa poco. Ideas y más ideas son las que se necesitan, que los nombres son simple resultado de un convenio. Convenimos en llamarle colectivismo a nuestra solución de la propiedad porque ni es comunista ni es individualista. He ahí todo.

Expliquemos nuestras ideas y adelante.

Es indudable que hay en el fondo del individualismo y del comunismo dos principios irrefutables. El hombre es dueño absoluto de su trabajo. La humanidad es soberana de cuantos medios de producción la naturaleza encierra. Dad a la humanidad lo que es de la humanidad y al hombre lo que es del hombre y tendréis el colectivismo.

El hombre viene al mundo con facultades para producir y la naturaleza se anticipa a ofrecerle los medios de ejercer su actividad. Dejad al hombre libre para aplicar sus facultades y, en justicia, no tendréis más que hacer. Cuanto el mundo en sí encierra puede utilizarlo el hombre por el trabajo. El derecho es universal, es de todos. Nadie puede, pues, apropiarse la más mínima parte de ese fondo común que nada cuesta ni nadie crea. ¿En virtud de qué derecho ni de que ley obligaréis al hombre a hacer más? ¿Cómo forzarle a que su obra individual pase también a ser del fondo común? Dejadle en libertad. Es dueño de su trabajo, tiene la propiedad de su producto y solamente por su voluntad libre podrá donarlo o no donarlo a la sociedad. Si lo primero, será por un acto espontáneo y libérrimo de su ser. Si lo segundo, será en virtud de un derecho incuestionable y de su soberanía ilimitada. Traspasad estos límites y la libertad quedará destruida.

Por esto es que nosotros afirmamos la comunidad de todos los medios de producción y afirmamos doblemente el derecho de propiedad, la posesión del producto individual o colectivo para el individuo o la colectividad, el derecho pleno, absoluto al producto del trabajo.

Colocad a todos los hombres en igualdad de condiciones económicas, poniendo a su disposición todos los medios de producción, y tendréis el principio de la justicia. Dad a todos los hombres la libertad de que dispongan, como mejor les cuadre, de sus sentimientos, de sus pensamientos y de sus obras y tendréis la justicia en toda su plenitud esplendorosa. Tal dice el colectivismo; tal dice la anarquía.

No nos preguntéis como se va a determinar el producto del trabajo de cada uno ni quién, porque sería una pregunta necia. En un estado de libertad no caben fórmulas determinantes a priori. La diversidad de trabajos, producirá diversidad de soluciones. La libertad, los garantizará. En tal obra lo determinará el individuo por sí mismo. En tal otra, será el cambio y el contrato quien lo fije. En la de más allá, una asociación que libremente se rige y libremente lo acuerda. Hoy mismo podéis entrar en los talleres y ver como os pueden dar un avance de este procedimiento, vuestros mismos compañeros. Ellos calculan, aparte lo que la explotación se lleva, el valor de cada obra. Preguntad también a los ingenieros y a los arquitectos y ellos así mismo os dirán, salvo siempre la explotación, que los mismos adelantos modernos dan hecha una teoría del valor. El pacto libre en último término, resuelve el problema. Suprimid todo lo que impide que la revolución se verifique y veréis a la ciencia abrir amplio horizonte a nuestros principios.

Y si aún así, no os conformárais, solo os diremos que no somos hombres de fe ni de dogma. Si nuestra ignorancia nos hace ver nubes donde no las hay, en vez de echarnos en brazos de la impotencia, cortando por el camino del medio, nos lanzamos en alas de la investigación, al descubrimiento de la ciencia ignorada.

El comunismo no es más que una solución del problema social aprontado por el desconocimiento de la ciencia. El individualismo es la solución de una ciencia falsa creada exclusivamente para entronizar el egoísmo y el privilegio. Aquél dice al hombre: “ahí lo tienes todo; produce y consume como quieras y cuanto quieras: todo es de todos; funde tu individualidad en la masa común; olvídate de ti mismo y no vivas más que por la humanidad y para la humanidad. No necesitas de ciencia alguna para esto; es tan sencillo que ello solo se recomienda.” Y en efecto, es la sencillez de un estado primitivo de completo desconocimiento de los más elementales principios científicos. El individualismo le dice a su vez: “he ahí el mundo; la fuerza es tu derecho; ve y conquista cuanto puedas por ti y para ti; nada es de nadie; por tanto el más fuerte o el más astuto es el que tiene sobre todo mejor derecho. Búrlate de la ciencia cuando no te ayude; aprovéchala si te sirve; sólo vives para ti; ríete del mundo. Para esto no necesitas más que tener valor y corazón.” Y en efecto, basta el valor del asesino y del ladrón, el corazón del bandido, para poder vivir cómodamente en una sociedad individualista.

El colectivismo rechaza todo esto. Es el comienzo de una aspiración científica. Es un avance de mañana. Él dice al mundo y al hombre: “ahí tenéis a la naturaleza brindando a todos sus riquezas y sus poderosos elementos. Todo es vuestro; aprovechadlo, pero aprovechadlo sin privar de ello a los demás. El derecho es uno e idéntico para la humanidad entera. Trabaje cada uno para sí y todos para todos. el sentimiento de la personalidad ha de serviros como aguijón para el bien general. Tenéis libertad para disponer de vuestro producto; obrad como queráis; es vuestro, absolutamente vuestro. Queréis la igualdad y la tenéis en la posesión común de todos los medios de producir. Queréis la propiedad y la tenéis en la posesión del producto de vuestro trabajo. He ahí resuelto el problema.”

¿Qué falta para la justicia? Nada.

¿Qué reclama la humanidad? Mucho.

La solidaridad universal es el complemento necesario e indispensable del colectivismo. En una sociedad libre, la asociación espontánea es el instrumento que resuelve todas las dificultades. Establézcase la solidaridad por la asociación espontánea de los humanos y lo que la justicia no haya hecho lo hará la solidaridad.

En una sociedad hay inválidos, hay dementes, hay mentecatos, hay una muchedumbre de individuos que no son actos para el trabajo. Que nadie


carezca del derecho a eso que llaman los economistas asistencias. Que todos vivan; que todos coman. La solidaridad es su derecho; la solidaridad es nuestro deber.

¿Queréis más?

Pues id y pedidlo a una sociedad o a un Estado comunista o individualista. Lo que no haga la libertad no lo queremos. Somos anarquistas.

No volváis a hablar como el socialismo antiguo porque está desacreditado. No nos habléis del derecho que tiene el niño a que la sociedad le eduque y le amamante. La sociedad, anárquicamente hablando, no tiene tal deber. Que el padre y la madre eduquen como quieran a los menores, a sus hijos. ¡La libertad, siempre la libertad! No nos habléis del deber que tiene la sociedad de asistir a los dementes, a los inválidos y a los mentecatos. Si la sociedad es un Estado organizado, tendréis razón. Pero los anarquistas rechazamos ese Estado y por tanto dejamos que la solidaridad espontánea de las asociaciones humanas resuelva el problema conforme a sus sentimientos y a la justicia. ¡Otra vez la libertad y siempre la libertad!

Dejad a los hombres en libertad y ellos organizarán como quieran la educación y la asistencia. No temáis; la libertad lo puede todo.

No necesitamos de una sociedad o Estado protector que nos arrebate a nuestros hijos so pretexto de educación. No necesitamos de una sociedad o Estado caritativo que nos robe nuestra libertad so pretexto de cuidarnos y asistirnos. Nos bastamos a nosotros mismos. ¡Abajo todas las tutelas!

Tal es el colectivismo de acuerdo con la Anarquía.

Comunidad y propiedad, ¡antinomia insoluble!

El colectivismo la ha resuelto. La fe podrá continuar batallando por aquellas dos escuelas.

La filosofía, la ciencia no batalla, no lucha ya.

El colectivismo anarquista es la última palabra de la próxima revolución.

Afirmadas las bases fundamentales de la sociedad del porvenir, contestaremos siempre a los que nos pregunten más:

¡Viva la libertad!

¡¡Viva la Anarquía!!

 

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Citation

Mella, Ricardo, 1861-1925, “Sinopsis Social. La Anarquía, la Federación y el Colectivismo,” The Libertarian Labyrinth, accessed March 28, 2017, http://library.libertarian-labyrinth.org/items/show/3512.